Las bases evolutivas de compartir comida

Compartir un pedazo de lo que se está comiendo tiene raíces antropológicas, incluso con un marcaje evolutivo.

Uno de los rasgos que nos hace humanos es sin duda el hecho de compartir la comida. ¿Pero cuál es la ciencia detrás de este comportamiento?

Compartir comida es uno de los rasgos más primitivos del ser humano. El hecho de compartir un pedazo de lo que se está comiendo tiene raíces antropológicas que incluso tienen un marcaje evolutivo. ¿Por qué las personas somos proclives a compartir lo que estamos comiendo? ¿De dónde viene esa necesidad cuasi instintiva de fundamentar los vínculos sociales por medio de la comida?

Un interesante estudio publicado hace ya algunos años descubrió que los bonobos, los primates más cercanos a los seres humanos en cuestión evolutiva, tienen una tendencia a compartir la comida, mientras que otros primates como los chimpancés no lo hacen espontáneamente, o, por lo menos, no activamente como los bonobos. En la mayoría de las especies animales, el hecho de compartir es más bien el hecho de tolerar que otro animal venga a tomar una parte del alimento que es propiedad de otro animal. Sin embargo, compartir activa y voluntariamente es un comportamiento sólo observado en los bonobos y en los humanos.

En el hecho de compartir la comida encontramos cómo uno de los debates más antiguos de las ciencias, en la división entre lo biológico y lo social, es más un producto de la necesidad que tenemos las personas de hacer estas divisiones que cómo se presenta en la realidad. Si bien genéticamente podríamos estar predispuestos a este comportamiento, éste tuvo sentido en cuanto aseguró la supervivencia de la especie. Además, el hecho de compartir la comida genera vínculos sociales que difícilmente son generados por otros hechos de la vida social.

Una de las primeras conductas alrededor de la comida que los padres buscan inculcar a sus hijos es el hecho de compartir. Compartir la comida, los juguetes: el hecho de que el niño se dé cuenta de que hay cosas que son de su “propiedad” que pueden ser compartidas con los otros. De esta manera, no sólo se desarrolla un sentido de posesión, sino también un sentido de separación y otredad entre el niño y su entorno. Compartir la comida es uno de los rasgos que permiten el desarrollo de otras habilidades sociales, necesarias para la inteligencia emocional.

Es una realidad que el hecho de compartir actividades, y la forma en la que interactuamos con los demás, son precursores de vínculos sociales. Actividades como jugar en un equipo deportivo, tener el mismo trabajo, ser mamás de hijos en el mismo grado escolar, pertenecer a un club de fans, entre otras actividades gregarias, crean vínculos sociales. Sin embargo, el compartir la comida es uno de los pocos hechos sociales que crea vínculos. En el menor de los grados vinculantes, el hecho de compartir con alguien genera esa especie de “deuda” de reciprocidad hacia la misma persona, o hacia otras personas a quienes devolver el gesto. En el grado más alto, quienes comen juntos usualmente son quienes comparten una vinculación social más importante que la de simples “conocidos”.

Compartir la comida es uno de los rasgos evolutivos que nos hacen ser más humanos. Uno de los hechos más cotidianos de nuestras vidas, pero también uno de los ejemplos de cómo un hecho social tan cotidiano tiene implicaciones más profundas que sientan bases de la forma en que se entretejen los vínculos sociales por medio de la reciprocidad y solidaridad. (LILIANA MARTÍNEZ LOMELÍ. EL ECONOMISTA)

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