Francisco Toledo, un activista del maíz

Ha muerto un mito de esos que al verlos pasear por la calle, te hacen dudar sobre si te encuentras en una atmósfera irreal como las obras producto de su arte. Así era Francisco Toledo, cercano, comprometido con su gente, con su tierra, incrédulo con el sistema pero a la vez enamorado de la esencia humana.

No tuvo nunca miedo de poner los puntos sobre las íes, de manifestar lo que pensaba a pesar de ser un personaje reconocido, de poner alas a las cometas para denunciar injusticias como la cometida en Ayotzinapa enviando papalotes al cielo para allí buscar a los cuarenta y tres estudiantes desaparecidos.

Todo con una justificación tan bonita que hasta puede llenar de esperanzas a los desesperados, recordando que una costumbre del sur cuando llega el día de muertos es volar papalotes (especie de cometas para que las almas bajen por el hijo y llegen a tierra para comer las ofrendas que les ofrezcan sus seres queridos.

A pesar de los sabios consejos que le diera su maestro Rufino Tamayo de que se dedicara a pintar y lo demás para lo que tuvieran poder de cambiar el mundo, nunca dejó de sentirse comprometido con todos aquellos asuntos de justicia social que consideraba básicos. Uno de estos, fue la defensa del maíz criollo mexicano.

Su punto de partido fue la muestra que realizó en la galería de Juan Martín en el año 2014 con cuarenta y dos fotografías intervenidas, inspiradas en aquellas postales en blanco y negro coloreadas típicas de Juchitán y que sirvieron al artista de referencia para usando la misma técnica y bajo las impresiones fotográfica en blanco y negro del fotógrafo Rafael Donís hacer su trabajo, y cuya temática rondaba en torno al mundo del maíz y de sus agricultores.

Más de un millón de firmas se recogieron para conseguir que el gobierno de la época impidiera el cultivo en territorio mexicano de maíces transgénicos que pusieran en peligro nuestros maíces autóctonos (criollos). En alguna entrevista llegó incluso a  lamentarse del poco eco que tuvieron estos gritos a favor del campo mexicano en oídos de los políticos y dirigentes del momento.

Una prueba más de su compromiso social fue su decisión de dejar de trabajar con agentes o galerías que comercializaran su obra: “éstos cobran grandes comisiones por su trabajo, prefiero venderlas yo directamente y con lo que ahorro puedo invertir en libros, y lugares de cultura para jóvenes y ciudadanos de a pie”, llegó a decir el artista. Fruto de estos esfuerzos fue la construcción en su antigua vivienda del que hoy es el IAGO, Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.

Murió un idealista, siempre vivirá en nuestros corazones un indomable y el mejor traductor del Manual de Zoología fantástica de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero. Oaxaca cuna de incunables. (JUANMA MARTÍNEZ RODRÍGUEZ. EL HERALDO DE MÉXICO)

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