Los pueblos indígenas podrían encabezar un plan global para conservar la naturaleza

Con un millón de especies en riesgo de extinción, decenas de países claman por que se proteja al menos el 30 por ciento de las tierras y aguas del planeta para 2030. La meta es elaborar un convenio global a partir de negociaciones que se llevarán a cabo en China este mismo año, con el propósito de mantener intactas áreas naturales como bosques antiguos y humedales que nutren la biodiversidad, capturan carbono y filtran el agua.

Por desgracia, muchas personas que han logrado proteger a la naturaleza por generaciones no influirán en las decisiones del convenio: las comunidades indígenas y otros grupos que no han recurrido a vallas para separarse de la naturaleza y darles su propio espacio a animales, plantas y sus hábitats, sino que obtienen de la naturaleza su medio de subsistencia. La clave de su éxito, según demuestran las investigaciones, es nunca extraer de más.

En la Amazonía brasileña, los pueblos indígenas ponen sus cuerpos en riesgo con tal de proteger la tierra nativa amenazada por taladores y granjeros. En Canadá, un grupo de naciones originarias creó un parque inmenso para bloquear las actividades mineras. En Papúa Nueva Guinea, las comunidades pesqueras han establecido zonas donde la pesca está prohibida. Otro ejemplo se encuentra en Guatemala, donde los habitantes de una reserva natural en expansión cultivan madera de gran valor en pequeñas cantidades. De hecho, parte de esa madera podría terminar en los nuevos carriles ciclistas del puente de Brooklyn.

“Si pretendes salvar solo a los insectos y los animales, pero no a los pueblos indígenas, estás frente a una gran contradicción”, dijo José Gregorio Díaz Mirabal, quien encabeza la Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica, un grupo constituido por varias organizaciones indígenas. “Somos un solo ecosistema”.

La naturaleza es más saludable en las tierras que gestionan o poseen los pueblos indígenas, equivalentes a más de un cuarto de las tierras del planeta, según varios estudios científicos. Las tierras administradas por indígenas en Brasil, Canadá y Australia tienen el mismo nivel de biodiversidad, o incluso más, que las superficies reservadas por los gobiernos federales y de otro tipo para su conservación, según han descubierto los investigadores.

Estos datos muestran un contraste drástico con la política de conservación, cuya polémica historia está plagada de instancias en que han obligado a los pueblos a abandonar su tierra. Por todo lo anterior, muchos dirigentes indígenas ven con una mezcla de esperanza e inquietud esta meta global más reciente, conocida como 30×30, encabezada por el Reino Unido, Costa Rica y Francia. Algunos quieren que se fije una meta más ambiciosa, de más del 50 por ciento, según la organización de Díaz Mirabal, mientras que otros temen que los expulsen de nuevo en nombre de la conservación.

En la Amazonía brasileña, Awapu Uru Eu Wau Wau pone en riesgo su vida para proteger la riqueza de sus tierras ancestrales: jaguares, monos lanudos en peligro de extinción y manantiales naturales de los que fluyen 17 ríos importantes. Su pueblo, los indígenas uru eu wau wau, tienen derecho legal sobre la tierra, pero deben defenderla sin cesar de intrusos armados.

Justo después del borde de su territorio de poco más de 18.000 kilómetros cuadrados, ganaderos y sembradores de soya han arrasado con gran parte del bosque. Su tierra está entre las últimas extensiones protegidas de bosque y sabana que quedan en el estado brasileño de Rondônia. Taladores ilegales invaden con frecuencia su territorio.

Así que Awapu Uru Eu Wau Wau, quien utiliza el nombre de su comunidad como apellido, patrulla el bosque llevando a cuestas flechas con la punta envenenada. Otros miembros de su comunidad vigilan con drones, equipo GPS y cámaras de video. Lleva consigo a su hija y su hijo, de 11 y 13 años de edad, para que aprendan a defender su tierra en los próximos años.

“Nadie sabe qué va a pasar con nosotros, y yo no voy a vivir para siempre”, dijo Awapu Uru Eu Wau Wau. “Necesitamos preparar a nuestros hijos para que se vayan encargando de las cosas”.

El riesgo es inmenso. El primo de Awapu Uru Eu Wau Wau, Ari Uru Eu Wau Wau, fue asesinado en abril pasado. Es una de las víctimas de un patrón estremecedor observado entre los defensores de la tierra en toda la Amazonía. En 2019, el año más reciente para el que se tienen datos, por lo menos 46 fueron asesinados en América Latina. Muchos eran indígenas.

Las acciones de esta comunidad tienen beneficios enormes para los 7750 millones de habitantes del planeta: la Amazonía, donde se encuentra la mitad del bosque tropical que queda en el mundo, ayuda a regular el clima de la Tierra y nutre una diversidad genética invaluable. Las investigaciones demuestran que los derechos de propiedad indígena son vitales para reducir la deforestación ilegal en la Amazonía.

Los seres humanos han lanzado un ataque contra la naturaleza: en su ansiedad por sembrar alimento, cultivar madera y excavar minerales engullen la tierra y, no contentos con ello, también sobrepescan en los océanos. Para empeorar la situación, la quema de combustibles fósiles está calentando el planeta, lo que dificulta la supervivencia de plantas y animales.

Algunos estudiosos dicen que las responsables son las mismas fuerzas históricas que han extraído recursos naturales desde hace cientos de años, a costa de los pueblos indígenas. “Lo que observamos ahora con el desmoronamiento de la biodiversidad y el cambio climático es la etapa final de los efectos del colonialismo”, explicó Paige West, antropóloga de la Universidad de Columbia.

En la actualidad existe consenso generalizado sobre la urgencia de revertir la pérdida de la biodiversidad, que no solo es importante para tener seguridad alimentaria y un clima estable, sino también es vital para reducir el riesgo de contagio de nuevas enfermedades de los animales silvestres, como el coronavirus.

Aquí entra 30×30. A la meta de proteger al menos el 30 por ciento de las tierras y aguas del planeta, por la que han propugnado desde hace mucho tiempo los ecologistas, ahora se suma una coalición de países. Será parte de las negociaciones diplomáticas convocadas para este otoño en Kunming, China, durante la Conferencia sobre Biodiversidad de las Naciones Unidas. Estados Unidos es el único país, además del Vaticano, que no se ha integrado al convenio, aunque el presidente Joe Biden ha ordenado un plan para proteger el 30 por ciento de las tierras y aguas estadounidenses.

Las comunidades indígenas no han sido reconocidas como parte del convenio internacional. Pueden asistir como observadores a las conversaciones, pero no podrán votar sobre los resultados. Sin embargo, en la práctica, será imposible conseguir la meta sin su apoyo.

Ya en este momento protegen gran parte de las tierras y aguas del mundo, como señaló David Cooper, secretario ejecutivo adjunto del Convenio sobre Diversidad Biológica. “Es gente que vive en estos lugares”, dijo. “Es necesario contar con su participación y respetar sus derechos”.

Una coalición de grupos indígenas y comunidades locales ha insistido en que el convenio proteja por lo menos a la mitad del planeta. Su solicitud está respaldada por la ciencia, pues varias investigaciones han revelado que reservar un tercio del planeta no será suficiente para conservar la biodiversidad y capturar suficiente dióxido de carbono, responsable de calentar el planeta, de tal forma que logremos desacelerar el calentamiento global.

Hace medio siglo, donde el bosque boreal se une a la tundra en los Territorios del Noroeste de Canadá, los łutsël k’é’ dene, uno de los grupos indígenas de la zona, se opusieron a los esfuerzos de Canadá por crear un parque nacional en su territorio y sus alrededores.

“En aquella época, las políticas de parques nacionales de Canadá eran muy negativas para las formas de vida de los indígenas”, dijo Steven Nitah, antiguo jefe tribal. “Solían crear parques nacionales —parques fortaleza, lo llamo yo— y echaban a la gente”.

Pero en la década de 1990, los łutsël k’é’ dene se enfrentaron a una nueva amenaza: se encontraron diamantes en las cercanías. Temían que sus tierras fueran arrasadas por las empresas mineras. Así que volvieron a plantear al gobierno canadiense la idea de un parque nacional que consagrara sus derechos de gestión de la tierra, caza y pesca.

“Para proteger ese corazón de nuestra patria de las actividades industriales, esto es lo que utilizamos”, dijo Nitah, quien fue el principal negociador de su pueblo con el gobierno canadiense.

El parque se inauguró en 2019. Su nombre, Thaidene Nëné, significa “Tierra de los Ancestros”.

La colaboración entre conservacionistas, naciones indígenas y gobiernos es clave para proteger la biodiversidad, según las investigaciones.

Sin el apoyo local, la creación de áreas protegidas puede ser inútil. A menudo fracasan en la conservación de animales y plantas, convirtiéndose en los llamados “parques de papel”.

Los investigadores han descubierto que, en general, las medidas para proteger la biodiversidad tienen mejores resultados si las comunidades locales están involucradas.

En algunas islas de Papúa Nueva Guinea, por ejemplo, donde el pescado es un producto básico, las poblaciones se habían visto mermadas en décadas recientes. Los pescadores iban cada vez más lejos de la costa y pasaban más tiempo en el mar, pero regresaban con menos ejemplares. Así que decidieron establecer colaboraciones con grupos sin fines de lucro locales e internacionales para intentar estrategias nuevas. Cambiaron sus redes por otras que permitieran que los peces más pequeños pudieran escapar. Redujeron el uso de un veneno que lleva a los peces a la superficie. El cambio crucial fue que cerraron ciertas áreas por completo a la pesca.

Meksen Darius, jefe de uno de los clanes que utilizan estas medidas, dijo que la gente estaba abierta a la idea porque esperaba que mejoraran sus medios de vida.

Y así fue.

“El volumen, los tipos de peces y otra vida marina, se han multiplicado”, dijo Darius, un abogado jubilado.

Investigaciones recientes de todo el mundo demuestran que contar con áreas marinas protegidas produce un aumento en las poblaciones de peces, lo que a su vez les permite a las comunidades pesqueras capturar más peces en las orillas de las reservas.

Iliana Monterroso, ambientóloga del Centro para la Investigación Forestal Internacional en Lima, Perú, opina que lo importante es que las personas que viven en áreas de gran biodiversidad tengan el derecho de gestionar esas áreas. Citó el ejemplo de la Reserva de la Biósfera Maya, que abarca una superficie de más de 21.000 kilómetros cuadrados en Guatemala, donde las comunidades locales han gestionado el bosque desde hace 30 años.

En virtud de contratos temporales con el gobierno nacional, comenzaron a cultivar cantidades limitadas de madera y pimienta inglesa, vender palmeras ornamentales y operar agencias de turismo. Tenían que proteger su inversión. “El bosque se convirtió en su fuente de ingresos”, explicó Monterroso. “Lograron obtener beneficios tangibles”.

En ese lugar prosperan jaguares, monos araña y 535 especies de mariposas. También el pecarí de labios blancos, un pariente tímido del cerdo que tiende a desaparecer con rapidez si existe peligro de ser cazado. Los bosques gestionados por comunidades sufren menos incendios, además de que su índice de deforestación es muy cercano a cero, según los investigadores.

Erwin Maas es uno de los cientos de guatemaltecos que viven ahí también. Junto con sus vecinos, opera un negocio propiedad de la comunidad en el poblado de Uaxactún. Abunda la caoba, pero solo pueden explotar una cantidad limitada. En general, uno o dos árboles por hectárea cada año, señaló Maas. No tocan los árboles que producen semilla.

“Nuestra meta es ganarnos la vida con una cantidad pequeña y siempre cuidar del bosque”, dijo.

Somini Sengupta cubre temas climáticos internacionales. También ha cubierto Medio Oriente, África Occidental y el sur de Asia para el Times y en 2003 recibió el premio George Polk por su trabajo en el Congo, Liberia y otras zonas de conflicto. @SominiSengupta • Facebook

Catrin Einhorn cubre la vida silvestre y la extinción para la sección Clima. También ha trabajado en la sección de Investigaciones, donde formó parte del equipo del Times que recibió el Premio Pulitzer 2018 al Servicio Público por su reportaje sobre acoso sexual. (Somini Sengupta, Catrin Einhorn y Manuela Andreoni. THE NEW YORK TIMES.)

 

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