La maricultura se practica desde hace al menos 3.500 años

Muchas poblaciones han sustentado durante miles de años su alimentación en una dieta basada principalmente en el marisco. Hasta ahora se había pensado que estas antiguas comunidades comían moluscos y crustáceos porque tenían a su disposición una fuente natural abundante y próxima. Un nuevo estudio, publicado en PLoS ONE, propone ahora una nueva teoría.

Un equipo de científicos de diferentes instituciones canadienses sugiere que estas cosechas de marisco no fueron posibles solamente por estar cerca de estos viveros naturales. También influyó la capacidad de los indígenas para ejercer la maricultura, es decir, el cultivo o cría de plantas y animales marinos como, por ejemplo, los jardines de almejas –una pared de roca y una terraza plana– que sirven de hábitat artificial protegido para favorecer y aumentar el desarrollo de estos moluscos en las playas.

Durante cinco años, en el marco del proyecto The Clam Garden Network, los investigadores analizaron nueve ‘huertos’ de almejas construidos por los pueblos indígenas costeros y hallados por los arqueólogos en la isla Quadra, situada al noroeste de Canadá.

Los autores creen que en esta isla remota, al igual que en otras partes del mundo, se practicaron estas técnicas para fomentar el crecimiento de estos pequeños animales, desde hace al menos 3.500 años.

Normalmente, la datación se obtiene gracias al análisis del carbono –elemento orgánico que queda en los restos fosilizados de los yacimientos– por técnicas de radiocarbono. Pero las paredes y terrazas de los jardines de almejas no son orgánicas por lo que resulta imposible descifrar directamente la edad de estas construcciones.

Pese a suponer un verdadero reto, Dana Lepofsky de la Universidad de Simon Fraser (Canadá) y su equipo de arqueólogos se adentraron en estos asentamientos con el fin de dar con la edad de estas construcciones indígenas.

“Los elementos que forman los jardines de almejas no son orgánicos, pero las almejas sí que lo son”, explica a Sinc Lepofsky. “Tuvimos que crear formar innovadoras para averiguar su antigüedad”, recalca la científica.

El equipo analizó muestras de conchas de dentro y debajo de los muros y las terrazas. En total, recolectaron 35 fechas por radiocarbono de conchas de almejas, caracoles y percebes que van desde los 3.500 años de antigüedad hasta el siglo XX.

“Las paredes del jardín de almejas solo son visibles durante unas pocas horas de luz diurna. Debíamos excavar y recoger muestras a toda prisa, cabizbajos y concentrados durante tres horas, antes de que la marea volviese a subir”, comenta Lepofsky.

Según la coautora del estudio, Nicole Smith del Instituto Hakai (Canadá), las almejas encontradas en el centro o cerca de la parte superior de la pared fueron desechadas, pues esta posición en la estructura significaba que habían aparecido después de que fuera construida.

En cambio, “si las encontrábamos atrapadas, sabíamos que aparecieron antes, por lo que nos da una edad limitada para la pared, es decir, que esta tuvo que ser construida cierto tiempo después de que la almeja creciera por debajo”, explica a Sinc Smith.

Además, los científicos también compararon estos resultados con datos sobre la historia del nivel del mar y la gestión marina de la región. Según Smith, “las fechas de radiocarbono, en combinación con el conocimiento de la posición de la costa anterior nos dieron evidencias para establecer las edades de los jardines de almejas”.

Aunque estos métodos de datación no son más que el comienzo, la investigación apoya lo que las primeras naciones del Pacífico Noroeste siempre han sabido: que el cultivo de almejas, en forma de jardines, es una práctica fundamental para la seguridad alimentaria a largo plazo.

“En estos tiempos de cambio climático y de alteración de las condiciones oceánicas, los jardines de almejas pueden proporcionar información sobre la seguridad alimentaria en el futuro”, seña Lepofsky.

“Esta forma tradicional de maricultura se ha utilizado continuamente desde hace 3.500 años hasta la actualidad y tiene el potencial de convertirse en un modelo de cómo los sistemas alimentarios locales y sostenibles podrían funcionar en el futuro”, concluye Smith. (Mundo Agropecuario)

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