Amenaza a la industria azucarera fin de acuerdo arancelario con EU

La industria azucarera nacional se debate hoy entre la incertidumbre por el futuro de sus exportaciones a Estados Unidos y la creciente entrada desde ese país de fructosa derivada de maíz a precios de dumping.

La principal agroindustria mexicana encara este año el vencimiento del Acuerdo de Suspensión de Aplicación de Aranceles Compensatorios a las Exportaciones de Azúcar Mexicana hacia Estados Unidos suscrito en 2014 y por el cual sus ventas hacia el país vecino están sujetas, sin embargo, a fuertes restricciones tanto de volumen como de procesamiento.

México cosecha entre 55 y 57 millones de toneladas de caña, de las que se obtienen 6.4 millones de toneladas de azúcar para un valor bruto superior a los 80 mil millones de pesos. Representa 13.83 por ciento del PIB agropecuario y 11.61 del PIB del sector de la industria alimentaria.

Carlos Blackaller, líder de la Unión Nacional de Cañeros, expone: el tema de los edulcorantes es binacional. Sólo entre 2008 y 2014 el azúcar mexicana se vendió sin restricciones a Estados Unidos.

En 1994 –entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte– la importación de fructosa empezó a elevarse y se advirtió que venía –como hasta ahora– vía prácticas desleales de comercio (dumping). México interpuso entonces una controversia comercial y consiguió la imposición de aranceles provisionales para la fructosa e incluso bajó aquí su uso.

Sin embargo, apunta Blackaller, creo que el gobierno dejó perder el litigio, y a partir de 2006 se vio obligado a echar abajo ese impuesto. Desde entonces la fructosa fue tomando mercado interno y hoy alcanza un tercio de los edulcorantes calóricos consumidos en México.

A partir de 2008 el azúcar nacional entró sin restricciones al mercado estadunidense y se generó un sistema que el dirigente cañero llama de vasos comunicantes: se importaba fructosa y se mandaba azúcar a aquel país.

Pero en 2014, y ante la exitosa penetración del dulce mexicano, “Estados Unidos se siente amenazado y demanda también por supuesto dumping. Nos juzgan, sentencian e imponen aranceles”.

Y como salida al conflicto se negocia entonces el acuerdo de suspensión de esas tarifas, pero también se pone fin a la exportación de excedentes en los niveles y condiciones en que venía ocurriendo.

De ese modo, y pudiendo exportar hasta 1.6 millones de toneladas de azúcar, el cupo que hoy impone Estados Unidos es por la mitad, y se prevé que para el ciclo 2019-20, incluso el volumen pudiera ser menor. Ha estado en el rango de las 800 mil toneladas: Con esos acuerdos vivimos y estamos trabajando. Es una relación inequitativa, lamenta Blackaller.

No sólo eso, frente al interés por conservar sus privilegios, la industria azucarera estadunidense impuso a México (su principal abastecedor entre los alrededor de 40 países a los cuales compra) enviar azúcar crudo, esto es, como materia prima y no como producto terminado, y allá se realiza la refinación. Esto es, nos la compran barata, le agregan valor y la llevan a su mercado.

Con los acuerdos de suspensión, a ellos les quedó la mesa servida porque tienen al principal proveedor de azúcar al sur de su frontera, un producto de adecuada calidad, y quien les vende es un país superavitario al que urge sacar su producción, un abastecedor fácil de atender.

Sin embargo, para la industria mexicana esa negociación fue mejor que nada, porque incluso sacar en condiciones desventajosas sus excedentes representa 18 por ciento de su producción y lo logra a un mejor precio que la cotización en el mercado mundial.

Los productores de caña de azúcar en el país se definen hoy con una sola palabra: estigmatizados. Se sienten atacados por aquellos para quienes el dulce obtenido en los ingenios azucareros es el causante de todos los males, desde la obesidad y la diabetes, hasta las caries.

Y frente a la posibilidad de que las nuevas normas sobre etiquetado frontal de alimentos procesados generalice bajo la simple palabra de azúcares a aquellos provenientes de la caña y los que contienen fructosa de maíz, demandan que se utilice el término edulcorantes para precisar su origen.

En materia de etiquetado proponemos la diferenciación explícita de estos ingredientes, sobre todo porque actualmente el consumo de endulzantes es de 72 por ciento extraídos de la caña de azúcar y 28 por ciento de jarabe de maíz.

Porque, además, aseguran, en términos calóricos azúcar y fructosa están 1-1. Iguales.

¡Todos los consumos en exceso son malos, hasta el del agua!, se defienden con vehemencia integrantes de la Unión Nacional de Cañeros.

Reunidos la semana pasada en la Ciudad de México para analizar los principales problemas que los afectan, los productores no vacilan en identificarlos: las importaciones desleales de jarabe de maíz (fructosa) desde Estados Unidos y la inequitativa relación con las exportaciones mexicanas de azúcar a ese socio comercial; el trabajo permanente entre productores e ingenios para mantener y mejorar las relaciones internas a través de los contratos emanados de la Ley de Desarrollo de la Caña de Azúcar y, de forma primordial, los efectos por la satanización del producto en los temas de salud.

Los cañeros se han documentado. Por supuesto no se adueñan de conocimientos propios de médicos, químicos o nutriólogos porque lo suyo es cultivar caña. Pero sí distinguen que ambos se procesan de forma distinta: el azúcar se metaboliza por la vía digestiva, mientras la fructosa lo hace a través del hígado y sus potenciales daños al organismo son mayores.

Y precisan: el azúcar se obtiene naturalmente de la caña, la fructosa de maíz es resultado de un proceso enzimático con maíces (por lo general) producto de la manipulación genética.

Sobrepeso y obesidad son multifactoriales en su origen, y por ello, a la par de la exigencia de diferenciar en los etiquetados la procedencia de los edulcorantes usados, a los productores les preocupa que se imponga un enfoque de atención centralizado en bases impositivas bajo el supuesto de desalentar el consumo (de azúcar) a través de precios más altos a los consumidores, lo cual desencadene reformulaciones hacia ingredientes sintéticos u otros sustitutos que pueden tener una percepción confusa por parte de los consumidores y otros posibles riesgos a la salud.

El azúcar mexicana ha venido perdiendo espacio de consumo frente a la fructosa. Aunque la ingesta promedio nacional de edulcorantes se mantiene prácticamente invariable desde hace una década en 5.7 millones de toneladas, la demanda se satisface con 4.2 millones de toneladas de azúcar de caña nacional y 1.5 millones de fructosa de maíz importada y la producida en México, también con maíz comprado a Estados Unidos y elaborado por la misma compañía que la produce allá. (ROSA ELVIRA VARGAS. LA JORNADA)

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