Productores de cempasúchil resintieron la pandemia

Ante el cierre de panteones programado para las celebración del Día de Muertos –aunado a la suspensión de escuelas, principal clientela–, productores de flor de cempasúchil afincados en el ejido “El Colegio” de Tarímbaro, tratan de ponerle “buena cara al mal tiempo” debido a que esta temporada será difícil recuperar la inversión con sus cosechas, pese a haber sembrado “una tercera parte” de flor, respecto al año pasado.

Sirva esta edición del Fin D para invitar a los lectores de El Sol de Morelia a contribuir con la economía de este ejido, acudiendo directamente a los campos de cultivo para consumir la flor y montar altares en casa a sus seres queridos.

La incertidumbre ante el escenario proyectado por la pandemia, sirvió a los campesinos como señal de alerta para no apostarle todo al cultivo de cempasúchil, pata de león y nube, en esta temporada. A decir de Alberto Martínez, quien trabaja el campo desde hace 30 años, decidió sólo “poner el 15 por ciento de lo que normal en cada año”, ante los rumores que se esparcieron en Tarímbaro sobre el cierre de panteones desde mediados de año, fecha en que echaron las semillas.

“Desde que se escuchó sobre la enfermedad, hablamos con los productores para organizarnos y sembrar en menor escala”, dijo al reconocer que de no vender nada perderá cerca de 25 mil pesos, cuando el año pasado con dos hectáreas sembradas llegó a recuperar 70 mil pesos. Mencionó que los principales clientes provienen de Pátzcuaro, Tzintzuntzan y Morelia.

El señor Gilberto Cuevas, con 52 años de edad, explicó que incluso haber sembrado únicamente el 30 por ciento de flores, respecto a otros años, es un riesgo porque “no se sabe si se vaya a vender”.

“Uno aquí vende a la gente que va llegando, pero si no llegan es difícil salir a ofrecerla fuera”, advirtió luego de comentar que un manojo puede venderse entre los 40 o 50 pesos, pero –dijo– “es más barato por mayoreo”. Más resignado que expectante, don Gilberto aseguró que “no hay de otra, uno debe empezar otra vez desde abajo”.

“Lo poquito que le gana uno lo vuelve a invertir en otra cosecha, en líquido, abono y peones y ahí se va quedando la ganancia de la cosecha”, dijo al también explicar que renta la tierra y por esa razón “no saca lo suficiente”.

Para Juan José Vázquez, quien ha buscado suerte en la tierra desde hace 50 años, el cierre de cementerios y escuelas originado por el Covid-19, afectará al ejido y al municipio de Tarímbaro porque se perderá –dijo– “ese poquito que teníamos al año para poder sobrevivir”.

“En junio sembraron, pensando que la pandemia se iba a acabar a finales de este año, pero no fue así. Yo pienso que deberían dejar vender en los panteones con la sana distancia, que se abrieran aunque sea de entrada por salida”, sugirió.

Cabe señalar que en los campos de “El Colegio” se cultiva el resto del año lechugas, cebollas, rábanos, betabeles, calabazas, ejotes, cilantro, espinaca y demás hortalizas, mismas que se consumen principalmente en Morelia.

Otro testimonio sobre la situación agrícola de esta demarcación, fue el ofrecido por don Julio Vázquez Cortés, quien con 77 años dijo que inició en las labores del campo desde la adolescencia. Explicó que él mismo vio cómo aquellos pastizales que en otros tiempos formaban parte de una hacienda, adoptaron su actual vocación de campos de cultivo.

“Aquí en este ejido la gente no se despabilaba, casi verdura no se ponía… había garbanzo, lenteja, maíz y ya por ahí alguna persona empezó a poner cebollas, así se fue desarrollando la hortaliza”, comentó.

Con la experiencia que dan los años, dijo que él y su hermano introdujeron las bombas para fumigar, los fertilizantes y otras variedades de semillas en la región. “Cuando empezamos a usar bombas compramos una de las que se les echa aire abajo… pues no le niego que hasta se burlaban de nosotros, pero finalmente miraban la cosecha y cómo se desarrollaban las plantas, de ahí empezamos a compartirles la bomba a los demás ejidatarios”, dijo al señalar que esa “buena envidia” benefició a la comunidad y de ahí se comenzó a cultivar también la flor para el Día de Muertos.

“Fue alrededor de 1960 que gentes de aquí iban al Panteón de Dolores en México y empezaron a traer semilla de manita de león, después flor de nube y cempasúchil. La gente vio que les iba más o menos regular y hasta ahorita se ha mantenido esto”, relató.

Aunque este año don Julio “no quiso echar la flor” a causa de la pandemia, dijo que el año pasado sembró media hectárea lo cual le implicó un gasto aproximado de 20 mil pesos –dijo– “entre semillas, agua de riego, fertilizantes y peones… pero la producción no defiende ese gasto y el campesino generalmente se arroja a ver qué”.

En ese mismo orden de ideas, el también cronista de “El Colegio” aseguró que el campo forja el carácter de la gente y –al igual que este año– siempre pone a prueba a quienes lo trabajan.

“Hay que seguir adelante y las personas que no tienen espíritu de campesinos, yo les digo que francamente ni se metan porque aquí es más de perder que de ganar… Cuando gana uno alguna cosechita, ya ha perdido varias”, señaló.

Delicias de chicos y grandes, las calaveritas de azúcar y chocolate son otro de los productos de temporada que han resentido la suspensión de actividades relativas al Día de Muertos.

En base a un breve sondeo con tres locatarias del Mercado de Dulces de esta capital, este medio observó que pese a no haber la misma demanda de las variedades, esta golosina circula entre los clientes a paso lento pero seguro.

La señora Leticia Calderón, administradora del local 25 de este mercado, aseguró que “se han estado vendiendo muy bien las calaveritas para los altares de casa”, mismas que oscilan de los 10 pesos en tamaño chico, hasta los 250 pesos para cráneos grandes.

Por su parte, la joven Linares Rodríguez reconoció que este año sólo compró la mitad que en fechas anteriores, ante la incertidumbre de las ventas por la interrupción de los festivales escolares.

“No ha sido como en otros años, ha sido una venta muy pausada, pero ha estado saliendo poco a poco… Son de precios muy económicos, por ello alguna gente las revenden”, dijo al también señalar que “en otros años han ofrecido más variedades de calaveritas”.

A su vez, la señora Susana Huéramo dijo que este año prefirió no tener su dinero detenido con los dulces de temporada, cuando es más factible que productos como las bolsitas de ate, el dulce de leche o la ollita de tamarindo, circulen con mayor facilidad entre la clientela.

La inversión es mucha porque se tiene que comprar en diferentes tamaños y presentaciones. Son calaveritas de azúcar, amaranto, chocolate o mixtas, pero también hay tumbas y la verdad es que la inversión sí es un poquito considerable, dado que las ventas han sido bajas y como no hay escuelas abiertas –para las ofrendas– no hay buenas expectativas de venta. Por esa razón yo decidí no comprar este año”, explicó.

Luego de señalar que “para estas fechas, en otros años, ya habíamos resurtido un par de veces”, dijo que la pandemia ha provocado que ella y los demás locatarios del Mercado de Dulces tengan mucha merma de producto, situación por la cual se han visto obligados a regalar sus productos a casas hogar y centros de adicciones –dijo– “porque se puede consumir pero ya no para venta al público y yo prefiere perder un dulce antes que perder un cliente”. (El Sol de Morelia)

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