México apostará a la zona sur-sureste y a exportar frutas y maíz criollo: Villalobos

El rescate de productos y especies ancestrales del campo en riesgo de perderse, es otro de los objetivos prioritarios de la Secretaría de Agricultura, aseguró a este diario su titular Víctor Villalobos.

“El promedio de edad de los campesinos del país es de 60 años”, alertó en torno al envejecimiento de las actividades agrícolas.

Durante su administración se apostará por el sur-sureste como futuro de la agricultura, y se abrirán nuevos mercados internacionales a frutas, verduras y otros productos mexicanos como maíz criollo, mamey, guanábana y zapote. México, lamentó, carece de empresas certificadoras de marcas nacionales: la que había, se dedicó a usar al gobierno para bajar recursos.

Villalobos llegó a la charla con directivos y periodistas de Crónica tras analizar junto a empresarios del sector lácteo y gobernadores de Veracruz, Tabasco y Chiapas la implementación de un proyecto para producir leche en el sur-sureste del país.

“Tenemos ahí muchos problemas de desnutrición y los consorcios más importantes del ramo le van a entrar. Sabemos que hay limitaciones sanitarias, de temperatura, no podemos aspirar a una producción como en La Laguna, pero sí tenemos genética, estamos pensando en un híbrido que se desarrolló mucho en Brasil, que aguanta altas temperaturas y cuya producción de leche puede llegar a 18 litros. La idea es desarrollar ahí toda la cadena: desde granos, forrajes, pastos, genética, plantas enfriadoras y procesadoras, y que entre Liconsa a comprar a precio de garantía”.

—¿Es parte del plan de considerar a esta región como el futuro de la agricultura?

—Sí, aunque sin dejar de reconocer lo que se ha hecho en El Bajío, donde ya tenemos problemas serios de agua e impacto del cambio climático. En 30 años podemos llegar a potenciar el sur-sureste, porque cuenta con gente, agua, clima, tierra… Según el Banco Mundial, la clase media se duplicará en ocho años, en especial en los países asiáticos, y las familias de ahí tendrán más capacidad de compra y demandarán una serie de productos que modificarán el tipo de agricultura.

—¿Qué productos?

—Chocolate, café, vino, queso, carne… Es muy importante que un país como México empiece a definir cuáles son sus áreas de oportunidad. Lo que ya está posicionado, seguirá: aguacate, tequila, tomate; y, en cuanto a los nuevos, pienso en el cacao, porque tenemos materiales genéticos de muy alta calidad; en el café, no en la cantidad de Brasil o Vietnam, pero sí en un café con marca, como el de Chiapas. Nuestro mercado está en frutas, verduras y algunas especies certificadas, de marca, que es lo que pagarán estos nuevos consumidores.

—Se sabe que una de sus metas es abrir 38 nuevos mercados…

—Ya lo iniciamos, ahora que fui al G-20 en Japón, me reuní con siete u ocho ministros, pero el más significativo fue con el de agricultura de China, y firmamos un protocolo para la exportación de plátano mexicano, que no se conoce mucho en el contexto internacional, pero es uno de los de mejor calidad. Los chinos harán una visita previa al primer embarque, el cual saldrá del puerto de Manzanillo. Otro de los productos que veo con gran potencial es la papaya: hace poco se presentó un problema de salmonela, pero fue interesante lo que pasó: nos pararon la exportación a Estados Unidos para hacer una investigación, pero lo que pedimos a los estadunidenses es ir al detalle, porque era un tipo de salmonela que no teníamos registrada en nuestro país.

—¿Y qué pasó entonces?

—Una de las empresas que exportaba compró papayas adicionales quién sabe de dónde para llenar su cupo y ahí se fue la enfermedad. Logramos que Estados Unidos no penalizara al país, sino a la empresa.

—¿No hay en México un sello, un esquema de certificación?

—Estaba la marca México-Calidad Suprema, pero después se dedicó a hacer otras cosas más allá de lo que le tocaba, terminó haciendo capacitación y se convirtió en una entidad para bajar recursos del gobierno. Era el sello de calidad, el que los productores contrataban para una certificación, pero vendieron sus atribuciones y echaron a perder el tema. Las certificadoras de productos orgánicos, por ejemplo, son alemanas, norteamericanas, y teniendo aquí al Cinvestav, ¿qué no podría hacer con su reputación en el tema de inocuidad y calidad?

—¿Cómo estaba aprovechándose la certificadora de la estructura federal?

—Comenzó a proponer proyectos a secretarios y asesores: sí vamos a dar una certificación, pero déjanos los cursos de capacitación de los productores, los capacitaban y después los certificaban, cobraban por todo y había un verdadero conflicto de interés. Eran recursos federales muy importantes, pero se acabó. Hay certificadoras extranjeras que contratan a científicos mexicanos: les pagan 500 o mil dólares, pero ellas cobran 10 mil o 15 mil dólares. El tema de la certificación es importante cuando se trata de abrir mercado, por ejemplo, con un café de altura, con reducida cantidad de cafeína, cosechada por indígenas, se le pone un sello y listo.

—¿Cuál es entonces nuestro nicho?

—El mamey, que es una especie mexicana con problemas técnicos, porque no es uniforme y su vida de anaquel es corta; tendríamos que hacer un proceso de selección para garantizar el tamaño adecuado y medir la fisiología de maduración, pero puesto en un país árabe sería maravilloso; una guanábana pequeña, de buen sabor, el zapote, son frutas de origen mexicano, la vainilla natural orgánica, cuya venta se perdió porque se hizo sintética… Pero hay un campeón.

—¿Cuál?

—El maíz criollo. Un día, comiendo en un restaurante en Madrid, pedí un aceite de oliva para mi ensalada y me trajeron un carrito con un montón de aceites de oliva, y eso lo podemos proyectar a la variedad de razas nativas de maíz que tenemos en México, algo así como 56, ¿por qué no decir: a este mole le van bien unas tortillas de tal tipo de maíz? Traería como beneficio rescatar especies que están envejeciendo, los jóvenes ya no quieren sembrar maíz. Son maíces nativos, criollos, usados en las familias para el autoconsumo: atole, tortillas, pozoles, toda una cultura asociada a la diversidad genética perpetuada de generación en generación, pero en riesgo de perderse. (Crónica)

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