El “virus” del hambre y COVID -19

Las principales causas de que millones de personas pasen y mueran de hambre cada año son la crisis climática, los conflictos, la desigualdad y un sistema alimentario disfuncional; lo cual ha propiciado el empobrecimiento de millones de productores y productoras de alimentos, y de trabajadores y trabajadoras de ese sector. El surgimiento de la COVID-19 no es la causa directa de la hambruna mundial de miles de personas que mueren de hambre; pero esta enfermedad está agravando la crisis del hambre en los “puntos críticos del hambre” del mundo y creando nuevos epicentros del hambre en todo el planeta. Es decir, la pandemia del COVID-19 ha agravado una crisis alimentaria que ya iba en aumento, incluso desde antes del estallido de la pandemia.

La seguridad alimentaria no es un problema que surgió con la llegada del nuevo coronavirus, ella ha existido desde que la sociedad se dividió en clases sociales y se complicó aún más en el capitalismo e imperialismo como su fase superior.

En la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible se plantea una visión transformadora que reconoce que nuestro mundo está cambiando, que lleva consigo nuevos desafíos que deben superarse si hemos de vivir en un mundo sin hambre, sin inseguridad alimentaria y sin malnutrición, en ninguna de sus formas.

La población mundial se ha incrementado de forma notoria y en la actualidad, la mayoría vive en zonas urbanas. La tecnología ha evolucionado a un ritmo vertiginoso, en tanto que la economía ha pasado a estar cada vez más interconectada y globalizada. No obstante, muchos países no han experimentado un crecimiento económico sostenido.

El crecimiento de la economía mundial en su conjunto, no ha sido el esperado por la humanidad. Las políticas neoliberales, los estilos de gobernabilidad del tipo neocolonial, los conflictos y la inestabilidad social han crecido y se han hecho más complicados, desencadenando un mayor desplazamiento de la población hacia otros lugares, fundamentalmente del sur al norte.

El cambio climático y la creciente variabilidad del clima y sus fenómenos extremos están afectando a la productividad agrícola, a la producción de alimentos y a los recursos naturales, con repercusiones en los sistemas alimentarios y los medios de vida rural, entre las que cabe citar una disminución del número de agricultores. Todo ello ha conducido a cambios importantes en la forma de producir, distribuir y consumir los alimentos en todo el mundo, y a nuevos desafíos para la seguridad alimentaria, la nutrición y la salud.

La llegada de la pandemia de la COVID-19, aceleró los procesos de muertes y desnutrición en el orbe, puso en juego la seguridad alimentaria, presentó al mundo un camino ignoto, ya que hoy se sabe los que mueren, pero aun no sabemos cuántos serán dentro de un año y es ahí donde está lo desconocido.

Los proyectos de las Organización de las Naciones Unidas (ONU) y Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), las estrategias para el año 2030, la disminución de la pobreza y el hambre y el logro de una adecuada seguridad alimentaria se esfumaron de la faz de la tierra en un santiamén.

Los pobres entonces se manifiestan ahora más pobres, las economías se enfermaron, sin ellas la coyuntura mundial se torna infortunada, aquí se presentan esas apocalípticas situaciones, donde coronavirus, hambre y seguridad alimentaria, conforman una ecuación impredecible. Valore, investigue para que busque usted la verdad que necesitamos en un mundo lleno de incongruencias.

En el año 2018 se valoraba que los últimos datos disponibles en relación al hambre y la malnutrición no eran positivos. Se alejaba el cumplimiento del objetivo de hambre cero. El número de personas subalimentadas aumentó por tercer año consecutivo.

El informe, conocido abreviadamente como Panorama, cumplía una década analizando los desafíos de la seguridad alimentaria y nutricional. Este era una fuente de información y de propuestas en materia de políticas. El mismo brindaba un instrumento a los países para la formulación y aplicación de políticas que garantizaría una vida sana para todas las personas y reforzarían el progreso regional hacia las metas internacionales de reducción del hambre y la malnutrición en todas sus formas. El resto del mundo se conformaba igual donde los países subdesarrollados eran mayoría.1

Específicamente en América Latina la desigualdad contribuía al hambre y a las distintas formas de malnutrición, por ejemplo el 8,4% de las mujeres se encontraban en situación de inseguridad alimentaria severa, en comparación con el 6,9% de los hombres. En diez países, el 20 % de los niños y niñas más pobres sufrían tres veces más la desnutrición crónica. Las poblaciones indígenas sufrían mayor inseguridad alimentaria que las no indígenas, y las poblaciones rurales más que las urbanas.2

En esta región, las personas subalimentadas se han incrementado en los últimos años, siendo considerada en este aspecto el 6,1% de la población; con hambre se ha aumentado constantemente desde el 2014, pasando de 38,5 millones de personas a 39,3 millones de latinoamericanos y caribeños en el 2017; asimismo la inseguridad alimentaria grave ha aumentado, siendo una situación que afecta a todas las regiones. (https://www.alainet.org/)

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