La ciencia aplicada al campo contribuye a construir un mundo más justo y saludable

El 7 de abril de cada año se conmemora el Día Mundial de la Salud. Este año, sin embargo, la conmemoración tiene una connotación muy particular pues ocurre a poco más de un año de la declaratoria de pandemia por COVID-19 y sin que esta termine aún. De hecho, sus efectos, que han agudizado disparidades preexistentes, son cada vez más notorios: pobreza, desigualdad, inseguridad alimentaria y malnutrición.

De acuerdo con el reporte “Focos rojos del hambre”, presentado el pasado 23 de marzo por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU, la hambruna, impulsada por los conflictos y alimentada por las crisis climáticas y la pandemia de COVID-19, está llamando a la puerta de millones de familias y podría asolar a la población en más de 20 países en los próximos meses.

Lamentablemente, las familias de ingresos más bajos son las que se han visto más afectadas por la pandemia y cuyas condiciones podrían empeorar si no se actúa con urgencia. De acuerdo con el citado reporte, las personas que están en riesgo de morir de hambre suman 34 millones. Además, la población sin acceso a los servicios de salud y aquella cuyos ingresos no son suficientes para adquirir una canasta alimentaria también ha crecido notablemente a consecuencia de la pandemia.

En México, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) estima que la pandemia ha puesto en condición de pobreza extrema por ingresos a cerca de 10 millones de personas. Adicionalmente, la inseguridad alimentaria (moderada o grave) afecta a cuatro de cada 10 mexicanos y la prevalencia de la subalimentación alcanza a cerca de nueve millones en el país.

La desigual distribución de las repercusiones de la pandemia también se observa en los segmentos de población con padecimientos relacionados con la malnutrición en todas sus formas (desnutrición, insuficiencia de micronutrientes, sobrepeso, obesidad y enfermedades no transmisibles relacionadas con la alimentación). Por esta razón, este Día Mundial de la Salud es también un llamado a construir un mundo más justo y saludable.

Para el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) y sus colaboradores, la consolidación de sistemas agroalimentarios sustentables es la vía para superar esta crisis doble (económica y de salud): “Tenemos una gran oportunidad. Esta crisis nos ha dado una gran conciencia y la oportunidad de tomar las decisiones correctas para que juntos construyamos un mejor futuro. Hoy es el momento en el cual entre todos podemos construir estos sistemas, extrayendo valor hacia la parte social, hacia la reducción de la migración, hacia el aumento de los ingresos para los productores y, por supuesto, también hacia la salud de los consumidores desde todo lo que el campo produce”, comenta el doctor Bram Govaerts, director global de Desarrollo Estratégico del CIMMYT.

Históricamente los científicos del CIMMYT han hecho notables contribuciones a la salud: el doctor Norman Borlaug —quien salvó millones de vidas de la hambruna a través de variedades mejoradas de trigo— y la doctora Evangelina Villegas —quien desarrolló variedades de maíz de alto contenido proteico que han ayudado a combatir la desnutrición materna e infantil en muchos países— son ejemplos de ello.

Actualmente, científicos del CIMMYT —como la doctora Natalia Palacios Rojas, especialista en calidad de maíz— colaboran para impulsar la transferencia de la técnica de la nixtamalización en África como una herramienta fundamental para la nutrición, la salud y la seguridad alimentaria de las familias de ese continente y, en México, se trabaja junto con la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural y diversas organizaciones para impulsar la producción de cultivos estratégicos —como maíz, trigo, arroz y frijol—

De hecho, los esfuerzos conjuntos del CIMMYT y otras organizaciones para impulsar la producción sustentable de frijol recientemente fueron destacados en el Panorama de la seguridad alimentaria y nutricional en América Latina y el Caribe 2020, de la FAO, como una vía para hacer frente al hambre, la inseguridad alimentaria y todas las formas de malnutrición: la iniciativa sobre frijol “se centra en adoptar nuevas prácticas agrícolas para contribuir al impulso de la productividad del cultivo del frijol, así como a la resiliencia frente al cambio climático, promoviendo así la autosuficiencia alimentaria del país y la reducción de las importaciones”, destaca el documento en la sección sobre las medidas para promover y mejorar el acceso económico a una alimentación adecuada. (https://idp.cimmyt.org/)

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